Solo el homenaje o el premio público que honra a la distinción individual por el verdadero mérito cultural, docente, científico, artístico, literario, etc., puede generar aquella fuerza subjetiva emocional capaz de provocar, en otros individuos, un incuestionable efecto subliminal e inspirar o motivar el impulso necesario para alcanzar el desarrollo intelectual, para si mismos, y ganar el espacio positivo que les corresponde en el seno social de cualquier latitud planetaria.
Solo del acto de valorar el indudable mérito individual surge, como una fuente inagotable, el ejemplo de vida a ser emulado o imitado por otros. Solo mediante este importantísimo acto de valoración se puede esculpir o grabar en la desorientada memoria colectiva aquél monumento emocional que dignificara la grandeza personal del homenajeado o distinguido, incluso, a través del tiempo.
Solo los hombres y mujeres que han superado las limitaciones económicas, personales o asociativas, para llevar adelante y materializar objetivos procomunitarios; que han aportado con un "grano de arena" a la masificación de la cultura pese a la indiferencia o a la incapacidad de quienes representan a los organismos o instituciones culturales de un Estado "inmensamente político"; que han demostrado a las sociedades secuestradas por un pensamiento notoriamente derrotista y, principalmente, a los dignatarios progresistas de discurso, que si se puede lograr más de lo que se aspira aún cuando el esfuerzo sea pequeño y poco el interés; solo quienes han caminado descalzos por la agreste y espinosa ruta de la necedad visceral para hacer patria altiva, deben ser distinguidos con el acto público -más allá de sus propias necesidades o deseos-. No puede hacerse nada menos por ellos. Es más, deberían existir serias sanciones legales contra los funcionarios que no valoren el trabajo de los que aportan al desarrollo de la identidad cultural local, regional, provincial o nacional.
La mayoría de los pueblos del mundo -desarrollados económicamente o no- solo son reconocidos a través de la cultura, el intelecto, la anarquía o la corrupción de sus habitantes. La identidad positiva o negativa de estos pueblos tiene que ver más por la inmensidad cultural o intelectual de sus hombres o mujeres -considerados del mundo-, que por su actividad económica o mercantil. Un pueblo rico no es necesariamente un pueblo culto e intelectualmente desarrollado, aunque tampoco signifique que los pueblos pobres lo sean. Los pueblos, ricos o pobres, se desarrollan cultural e intelectualmente porque en ellos habitan esos Seres ultra-dimensionales que marcan la exacta diferencia entre convencionalismo e identidad; porque en ellos existen aquellos individuos que comprenden el mundo desde la perspectiva excepcional de una cultura intelectual profundamente arraigada a sus raíces. De allí que el solo nombre o apellido del artista, del intelectual, del científico, del filosofo, del literato, etc., nos traslada sin ninguna dificultad a identificarlo al pueblo de su origen; así, José Martí, Simón Bolívar, Andrés Bello, Gabriela Mistral, Albert Einstein, Medardo Ángel Silva, Juan Montalvo, Louis Pasteur, Mahatma Gandhi o Pablo Neruda, por ejemplo.
No obstante, cuando el reconocimiento de los méritos no solo es tardío sino inexistente, la creación artística e intelectual puede verse mermada, limitada o empañada por la desilusión y la frustración. El inmenso espíritu creativo necesita alimentarse de la valoración sino, por inercia, tiende a contaminarse o degradarse en la frialdad del consumismo materialista.
La capacidad y la habilidad innata para la expresión artística y cultural no se reproducen o desarrollan por arte de magia, jamás; estas facultades mentales y físicas necesitan liberarse, explotar, descomprimirse de la percepción personal para convertirse en un pensamiento de identidad social que trascienda al mismo creador (no me refiero a Dios). Y para hacerlo, indudablemente, necesitan no solo un escenario geográfico sino, también, una sociedad dispuesta a reproducir permanentemente el efecto que origina la cultura cívico-social, folclórica, artística, e intelectual; una sociedad dispuesta a obligar a sus representantes públicos a brindar el apoyo irrestricto a los cultores de estas invaluables expresiones, pues de que le valdría la mera ilusión al individuo que brinda toda su fuerza emocional y su capacidad intelectual a la cultura de identidad, si esta a de estacionarse en el limbo de la utopía.
Pobres y cobardes son y serán los pueblos que permiten, a sus dignatarios o representantes, honrar la mediocridad de las expresiones artísticas, la alienación cultural y el bajo perfil intelectual de los servilistas, mientras se sepulta con el olvido selectivo la capacidad de quienes si, con denodado sacrificio personal, luchan por compilar, organizar y darle identidad a los detalles de una diversa y desorientada cultura local.
Pobres e incultos los pueblos que se subyugan o se rinden al artificio de esa poderosa y prostituida maquinaria mediática (medios de información) que sirve de instrumento o tribuna a los intereses personales de sus propietarios o de quienes les dirigen; que solo apertura, auspicia y promociona -en la mayoría de los casos-, eventos o intereses abismalmente lejanos y positivos a la cultura intelectual nacional o, peor aún, a la realidad cultural local de las pequeñas ciudades y comunidades de Latinoamérica.
Lcdo. Martín Zambrano A
Huaquillas/El Oro/Ecuador
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